Cuando digo “Ich bin Ausländerin”, me miran sonriendo y me dicen que no, que yo estoy integrada.
Claro, yo tengo suerte. En la calle nadie diría que soy de fuera. No tengo aspecto raro ni llamo la atención. Hablando se nota que no soy de Carintia, pero no es muy claro de dónde vengo. Desde Finlandesa hasta Francesa me han dicho.
Pero en las oficinas oficiales no es tan agradable. Aun así soy afortunada, soy europea. Estoy un escalón por encima de los italianos, sólo porque aqui hay muchos. Pero vengo de un país con dos etiquetas. La más clara es la de la fiesta y el veraneo. La segunda es el carácter “latino”, también parecido al italiano por ser ruidosos, llegar tarde y nadar en el caos.
Sin embargo, los húngaros, checos, búlgaros y rumanos, pese a ser europeos, necesitan mucho papeleo para trabajar, por ejemplo. Yo no necesito visado, ni permiso de empleo. Los que no son europeos lo tienen aún peor, tienen que hacer malabarismos para quedarse.
En un servicio público, cuando consigues que te entiendan en el mostrador de información, te envían a un despacho de esos que tienen números de espera que no avanzan. Después hay que bregar con un funcionario que te habla exageradamente rápido y en dialecto. Ese funcionario no te soluciona el problema, pero consigues que te envíe a otra puerta del mismo edificio. En esa puerta, el funcionario siguiente no sabe cómo ayudarte y tiene que preguntar dos veces por teléfono y otras dos a su vecino de oficina. Al final te manda a otra oficina gubernamental, en otra calle. También hay que hacer morritos para que te escriba en un papel la dirección. Debe estar subiendo la tinta de los bolígrafos.
A cada uno de los funcionarios hay que regalarles una sonrisa y pedirles perdón por molestarles. Aparte de darles las gracias por todo y pedirles permiso para sentarte, para quitarte el abrigo, para hacer una pregunta y para irte.
Una vez que ya has estado en tres o cuatro edificios así, y has conseguido todos los papeles que necesitas, ya tienes una úlcera de estómago. Ahora hay que enfrentarse a la gente que no tiene porque ser amable contigo. Es decir, casi todo el mundo. Es mucho más sencillo y rápido ser un sin papeles.
Con la gente de a pie es más sencillo. Cuando te conocen, son muy amables y te cogen cariño. Pero no me quiero ni imaginar qué pasaría si yo no tuviera facilidad para aprender esta lengua, o si yo tuviera la piel de otro color. O incluso si no tuviera tanta curiosidad con todo. Porque a todo el mundo le gusta que alguien se interese por tus costumbres. Y a mi me interesa conocer otras formas de vivir. Yo no intento hacer lo mismo que en mi casa. Pero comprendo que a muchos les resulta más agradable vivir según sus propias costumbres, a adoptar las de un país extraño.
Ahora entiendo a los inmigrantes que aborrecen a los nativos. Hay gente sin prejuicios, que considera incluso divertido encontrarse con gente de otras culturas. Son los estudiantes universitarios que se juntan con los de intercambio, o que van a actos folclóricos, porque les resultan curiosos. Pero ellos no están en contacto directo con los problemas legales de la gente de fuera. Además es más facil hablar de bailes tradicionales, o de timbaladas, que de cómo y porqué pedir asilo político.
Aun así yo soy afortunada, no me quejo. Pero me gustaría que (al menos entre los funcionarios que tienen que estar en contacto con estos temas) se generalizara la empatía. Que la gente se parase a pensar un poco en la persona que tiene delante, que la vea por dentro. Todos tenemos hambre, sed, todos queremos buscar un buen sitio para sentarnos un rato y poder mirar al cielo.
Tanto avance científico, tanto conocimiento. Y seguimos teniendo miedo ante lo que nos parece extraño, la gente que no son como nosotros. Tendemos a pensar mal de algo que no entendemos o que no conocemos. Antes que hacer una pausa, escuchar y dejar un espacio en blanco para tratar de comprender al otro.
No sé, será la lluvia.
Sonreid un poco por mi.
ASM