Estaba alli, solo, esperándome.
Tan silencioso.
Deje mis trastos tirados por la habitación y me acerqué despacito. Estos días son muy calurosos y yo siempre voy corriendo con la bicicleta. Por eso me suelo cambiar de camiseta al llegar. Con la ventana abierta, la brisa me acaricia mientras trato de refrescarme.
Quizás si me hubiese acercado nada mas llegar, habría sido diferente.
Pero no lo hice.
Me demoré a propósito, paseándome por la habitación, bebiendo agua, sacando las cosas de la mochila…
Me senté a su lado, lo miré, sonreí. No me devolvió la sonrisa, claro.
Hice lo de siempre, pero no obtuve el resultado esperado. Permaneció silencioso, impasible.
Volví a intentarlo. Quizás no me había notado o yo no lo había hecho bien.
Ninguna respuesta.
Pasaron por mi cabeza diferentes imágenes, buscaba una solución. No era la primera vez que me enfrentaba a algo así. Digamos que hacía tiempo que no me pasaba, pero ya lo he resuelto otras veces. No me asusté.
Busqué por la habitación objetos que me pudieran servir. Lo de siempre, cuchillos, tijeras, unas pinzas…
Ninguno se ajustaba a mis propósitos.
Ya se que no es una solución muy ortodoxa, pero comencé a soplar. No esperaba ningun milagro, ni que mi aliento le devolviera la vida. Pero aun me quedaba la esperanza de que fueran las pelusas, las que no le dejaban respirar.
Después de llenarme de polvo y bolas grises, volví a intentarlo.
Nada.
Entonces una pequeña columna de humo blanca salió de la parte posterior y un olor a plástico quemado me golpeó la nariz.
No, otra vez no.
Recordé cómo sólo unos días antes le había copiado todas mis fotos y mi música. Parecía que yo ya había notado algo en él. Como si pudiera prever que eso iba a pasar.
Abri la ventana y me alejé de él. Me había abandonado. Y esta vez, no había hecho nada. No había jugado con su interior ni había cambiado ninguna pieza. Nada.
Impotencia. Ese hormigueo que te recorre el cuerpo mientras en tu cabeza se repite la misma idea. ” No hay nada que hacer “. Y lo que hagas no importa, no va a ningún lado. Es energía perdida.
Asi que, por el momento, se acabó el Photoshop, se acabó la música en mi habitación, no más charlar por internet, ni webcam, ni nada.
Le dedicaré el ” Echo de menos ” de Kiko Veneno, al que ha sido mi compañero de habitación estos últimos meses.
No te olvidaré, pero te cambiaré por un portátil.
ASM